Nuestras democracias: el desafío de la política paritaria

Por Svenja Blanke
Foto: Sol Avena

Recientemente hubo elecciones en Alemania. Por la tranquilidad, el respeto entre candidatos y su resultado  —la victoria de fuerzas socialdemócratas-verdes-liberales, es decir, más bien del centro—  la democracia alemana fue elogiada en medios internacionales y argentinos.  Y es  cierto que hay motivos para celebrar. Como ciudadana alemana me gusta que nuestra cultura democrática parezca sólida, pero como ciudadana alemana también estoy frustrada.

A pesar de haber tenido por 16 años una mujer canciller y jefa de gobierno – y bien sabemos que en los foros internacionales Angela Merkel era la única en un mar de trajes negros –, a pesar de tener los mismos derechos en mi país que los hombres, a pesar de poder decidir sobre mi propio cuerpo desde 1995 —aunque aún tengo que pasar primero por una charla institucional porque aparentemente nosotras, las mujeres, no somos tan soberanas como la ley dice que somos—, la democracia alemana no vive sus posibilidades en términos de igualdad y calidad. 

La igualdad de derechos no significa que tengamos las mismas condiciones, las mismas posibilidades ni estructuras de apoyo que los varones. Los nuevos movimientos de mujeres se ocupan de esto y de cómo cambiarlo. Mucho se ha escrito y desarrollado ya sobre desigualdades económicas, brechas de acceso al mercado laboral y brechas salariales;  sobre la feminización de la pobreza y sobre los techos de cristal en las empresas, entre otras múltiples desigualdades que impactan sobre las mujeres y disidencias. También sobre las desigualdades para vivir vidas libres de acoso y violencias, de la autonomía para tomar decisiones sobre nuestros cuerpos o la libertad para disponer de nuestros recursos. Pero poco se habla aún de la desigualdad en la política. 

Menciono todo esto porque la democracia alemana se caracteriza por la ausencia de mujeres en muchos lugares de poder. Están, pero no lo suficiente. Están, es cierto, pero el proceso para acceder a los más altos y medianos puestos es muy lento, similar a lo que ocurre en otras democracias como la francesa o la estadounidense. Tuvimos una jefa de gobierno —la primera en mi país—, pero en sus cuatro gabinetes solo hubo entre 3 y 5 ministras de 17 ministerios. Solo en el último gabinete se llegó a casi un 42% de ministras.

En Alemania hay 16 estados federados. En 1993 se eligió por primera vez a la socialdemócrata Heide Simonis como primera ministra de Schleswig-Holstein, el estado federado más nórdico del país, en la frontera con Dinamarca. Desde entonces hubo cinco más, claramente esto no es una avalancha. En Berlín, en 2021 se votó por primera vez una mujer alcaldesa, Franziska Giffey del Partido Socialdemócrata (SPD),  y su adversaria más cercana también era mujer. Pero es una excepción. Hay solo un 9% de alcaldesas mujeres en todo el país. En el parlamento nacional 34,1% de los escaños quedan en manos de mujeres, mientras que en los parlamentos regionales la cifra es del 32%.

En mi país no hay leyes de paridad porque las iniciativas que hubo fueron declaradas inconstitucionales por los tribunales. Y, sobre todo, no hay paridad porque no es prioridad política, ni siquiera en los partidos más progresistas. De los 153 embajadores de la diplomacia alemana, solo 24 son mujeres. El dato muestra el camino que todavía queda por recorrer.

Pero no se trata de contar números y hacer de la democracia una cuestión burocrática: hay 49 acá, entonces falta 1 y de este género. No hablamos de proteger minorías por parte de la mayoría. Hablamos de la presencia de la otra mitad. Y esta presencia en Alemania hoy es limitada. La calidad de nuestras democracias mejora explícitamente cuando la perspectiva de las mujeres está incluida en decisiones políticas, sanitarias, médicas, económicas, laborales; cuando tenemos presencia, en programas de humor, en el periodismo, en la ciencia y en tantos otros ámbitos de la sociedad.

Un ejemplo muy importante puede aclarar la relevancia que tiene esto. El aborto en Alemania es posible desde 1995, y no es punible si la mujer sigue las directrices del reglamento de asesoramiento y se practica dentro de las primeras 12 semanas de concepción. Pero, vale aclarar: el artículo 218 del Código Penal alemán establece que “quien interrumpe un embarazo puede ser condenado a una pena privativa de libertad no superior a tres años o a una sanción económica”. Es decir, en Alemania el aborto no es un derecho.

Tampoco es legal difundir información sobre cómo practicarse, acceder o dónde realizarse un aborto. Los profesionales de la salud que los practican no pueden anunciarlo públicamente y en la carrera de medicina casi no se ofrecen seminarios sobre el tema. Es obvio: una universidad pública difícilmente puede ser obligada a enseñar un delito. Solo con más voces de mujeres en el parlamento alemán, en la administración pública, en la vida laboral, la perspectiva para un cierto asunto se pluraliza y se diferencia.

El Ni Una Menos y la marea verde de Argentina han significado inspiración para el movimiento de mujeres y feministas en todo el mundo. Las luchas por la autonomía de los cuerpos, en contra de las violencia de géneros y los femicidios lograron escalar en las organizaciones políticas —sociales, sindicatos, partidos políticos—, discutiendo prácticas y conductas violentas naturalizadas, transformando instituciones, militantes y activistas: desde la promoción de protocolos de acción ante situaciones de violencia en infinidad de instituciones, pasando por el desarrollo de nuevos marcos legales, hasta la institucionalización de organismos y áreas específicas para abordar “las cuestiones de género”.

Los paros de mujeres que en Argentina iniciaron por bronca y hastío de los femicidios, continuaron cuestionando las estructuras económicas: la división sexual del trabajo (en la sociedad, en los hogares, en las políticas públicas, pero también y principalmente en las organizaciones políticas), el rol del trabajo doméstico y hasta el peso de la deuda en nuestras vidas. La consigna “Vivas, libres y desendeudadas nos queremos” es un ejemplo de cómo esto permeó en las organizaciones.

La marea verde, impulsada por las históricas de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, floreció en las jóvenes del pañuelo verde. Se conquistó el derecho al aborto, de la mano de una promesa electoral que no podía desoír el grito de miles y miles de mujeres en las calles. 

Sin dudas, la agenda del poder político feminista es aún una tarea pendiente, tanto en Alemania como en Argentina. Este país fue pionero en leyes de cupo en la región, pero hoy son las mismas mujeres que impulsaron esa ley las que siguen luchando por la implementación y el monitoreo de las leyes de paridad a nivel nacional y en las provincias. Más mujeres en los espacios de poder es pasar de la igualdad de derecho a la igualdad real; más mujeres en políticas es pasar a democracias más plenas, más diversas, más justas y más plurales.